CUATRO LIBROS PARA REORIENTARSE
Xavier Tubau
Professor de literatura, UPF
Creo que estaba todavía en el colegio cuando escuché por primera vez que los chinos habían inventado el papel. Unos años más tarde, en las clases de historia del instituto, nos hablaron de los viajes de Marco Polo y de la ruta de las especias: la profesora colgó de un gancho de la pizarra un mapa político del mundo y empezó a indicarnos con el dedo la trayectoria que seguían los barcos que partían de Venecia y llegaban hasta la India, mientras los alumnos callábamos y observábamos perplejos un recorrido que parecía del todo injustificado: ¿tanto viaje para un puñado de pimienta? En las clases de literatura nos explicaron la fascinación por Oriente de los románticos europeos con el Kubla Khan de Coleridge, un poema sobre un emperador chino escrito por un joven inglés de ideas socialistas, texto que tenía la particularidad de contener imágenes que er
an el producto de las alucinaciones causadas por una sobredosis de opio –a nosotros nos parecía más exótico ese Coleridge que no el tal Kubla Khan. De Oriente, en realidad, aprendimos poca cosa en la escuela y el instituto. Pensar en asiáticos era pensar en gente que escribía de forma ininteligible –lo cual juzgábamos intuitivamente como un testimonio de atraso cultural– y en colectivos de personas –no en individuos– dispuestos a trabajar dieciocho horas al día y a morir por sus respectivos países sin rechistar –¿cómo olvidar los kamikazes japoneses? En definitiva, los orientales estaban, y habían estado desde siempre, atrasados.
La universidad, en mi caso, no alejó ninguno de los tópicos que circulaban sobre esas realidades. Allí, en las asignaturas de tipo histórico, más o menos implícitamente, nos dibujaron un sólido linaje de civilizaciones que nos unía con el mundo mesopotámico, con los egipcios, con los griegos y los romanos, para culminar finalmente con la aparición del mundo moderno y de ideas como la democracia, la libertad, el individualismo, la secularización, los derechos humanos y la tolerancia religiosa, conceptos que habrían emergido del Renacimiento y de la Ilustración europeos para consolidarse en los siglos XIX y XX y configurar un modelo de política, de sociedad y de cultura que representaba la máxima expresión del progreso humano y que el resto del mundo, menos civilizado y más atrasado, deseaba –lógicamente– alcanzar.
Cierta historiografía contemporánea ha comenzado a contar una historia bastante distinta de las cosas, una historia en la que Europa y Oriente no han estado tan alejados como solíamos pensar. El origen de esta revisión en los planteamientos habituales sobre la superioridad de Europa frente al resto de continentes se encuentra en una pregunta formulada desde hace tiempo en el ámbito de la historia económica, pero afrontada hoy con nuevos datos y desde diferentes perspectivas: ¿por qué Europa ha ido por delante del resto de continentes en el desarrollo de la industrialización y el capitalismo y desde cuándo se puede fechar esta ventaja económica? Las causas solían encontrarse en rasgos psicológicos, culturales o ecológicos considerados como exclusivos del mundo europeo –la racionalidad, el individualismo, la sofisticación tecnológica o el clima, por citar algunos ejemplos– y los orígenes de esta superioridad solían fecharse en la época renacentista, con la expansión de Europa, el comercio con metales preciosos de las Américas y el aumento de las empresas mercantiles en Oriente. La industrialización, teniendo en cuenta estos factores, sólo podría haber surgido en Europa.
En los últimos años se han formulado importantes críticas a esta perspectiva eurocéntrica del desarrollo económico. Algunos historiadores nos explican ahora que, en realidad, hasta mediados del siglo XVIII, las diferencias entre algunas zonas de Europa occidental (Inglaterra y los Países Bajos, principalmente) y algunas de China (el delta del Yangtzé), de Japón (la llanura de Kantô) y de la India (Gujarat) eran pocas desde un punto de vista económico. De hecho, se ha señalado que China en particular estaba más preparada que esas áreas europeas para asumir estrategias de industrialización en términos de mercado, de disponibilidad de capital o de seguridad en las inversiones. Fueron un conjunto de limitaciones geográficas y coyunturas económicas las que habrían determinado que la industrialización se fraguara en Occidente en lugar de en Oriente, y no –como se ha afirmado reiteradamente– una especial habilidad empresarial de los europeos, un nivel superior de conocimientos científicos y tecnológicos o una ética religiosa particular.
La dependencia que los propios historiadores observaban entre factores políticos, sociales y culturales y el surgimiento de la revolución industrial explica que esos mismos factores fueran considerados como representativos de una civilización más avanzada. La aparición de tecnologías, instituciones e ideas que se identificaban como genuinamente europeas se estudia ahora en el marco de las relaciones de los europeos con el mundo asiático desde la época medieval hasta el siglo XVIII. En este sentido, algunas de las tesis más importantes sobre el papel desempeñado por Europa en el desarrollo, por ejemplo, del conocimiento científico a partir del siglo XVI (J. Needham) o en la construcción del llamado «proceso de civilización» (N. Elias) han empezado a revisarse por medio de una comparación planteada en términos cronológicos y espaciales mucho más extensos.
Pensar en una Europa con una política, una economía o una cultura privilegiadas respecto al resto de continentes –por lo menos, desde la Grecia clásica–, o pensar en Europa teniendo en cuenta que su superioridad económica no tiene mucho más de doscientos cincuenta años y que sus contextos políticos y sus realizaciones culturales no son tan exclusivos o, por definición, superiores –signifique esto lo que signifique– a los que puedan encontrarse en otros lugares, supone un cambio de enfoque que afecta tanto a la perspectiva que tenemos del mundo oriental como también, y sobre todo, a la imagen que tenemos de nosotros mismos, de los europeos. La investigación que puede dar frutos en esta dirección, sin embargo, es compleja y requiere la suma de muchas aportaciones individuales o, mejor aún, la coordinación de diferentes equipos trabajando en una misma dirección. Hasta la fecha se han contrastado, sobre todo, los aspectos económicos del mundo asiático y el mundo europeo, pero los aspectos políticos, sociales y culturales en general están, en buena medida, pendientes de análisis. No es extraño que sea así. Los datos económicos son probablemente más fáciles de evaluar en un estudio comparativo que no cuestiones como, por ejemplo, la representación política o la tolerancia religiosa. Los conceptos y escalas de valor que son de recibo para medir el progreso en determinados aspectos dentro del mundo occidental quizá no sirvan en el contexto de otras sociedades. Las categorías que manejamos se fundan en oposiciones tajantes –democrático-no democrático, hombre libre-esclavo, etc.– y dejan poco espacio para comprender realidades que tal vez no encajen en estos esquemas tan rígidos –además de ocultarnos hipócritamente nuestras propias carencias. El gran reto de esta nueva historia –que tendrá que echar mano de la historia económica, pero también de la historia política, la historia cultural y, sobre todo, de la antropología– es articular un discurso en el que se puedan comparar Oriente y Occidente sin reproducir los prejuicios del eurocentrismo ni tampoco caer en los excesos contrarios –alabanza del mundo oriental, vituperio del mundo occidental– o en un relativismo paralizante; un discurso, sin duda, difícil de poner en práctica desde un punto de vista estrictamente lingüístico y retórico, porque tendrá que trascender narrativas sobre el pasado, hábitos mentales e ideas preconcebidas que están profundamente instalados en las culturas occidentales y orientales para lograr ubicarse, en definitiva, en una perspectiva desde la cual, por decirlo de algún modo, tanto Coleridge como Kubla Khan nos parezcan –a todos– igual de exóticos.
Cuatro lecturas
ANDRE GUNDER FRANK, ReOrient. The Global Economy in the Asian Age, Berkeley: University of California Press, 1998 (trad. española de P. Sánchez León, Valencia: Publicacions Universitat de València, 2008)
KENNETH POMERANZ, The Great Divergence. China, Europe and the Making of the Modern World Economy, Princeton: Princeton University Press, 2000
JOHN M. HOBSON, The Eastern Origins of Western Civilisation, Cambridge: Cambridge University Press, 2004 (trad. española de T. de Lozoya, Barcelona: Crítica, 2006)
JACK GOODY, The Theft of History, Cambridge: Cambridge University Press, 2006.
