HACIA UN REALISMO INCONTESTABLE

Andrés Mellinas

Si quisiéramos reconocer en el cine una característica primordial, un elemen­to inalienable de su naturaleza –que lo diferenciara del resto de las artes y lo confirmara como lenguaje artístico– sería, sin duda, su capacidad de copia de la realidad. El cine se basa en una proeza técnica que logra, sin mediar con la sensibilidad humana, reproducir el mundo físico en una ilusión óptica. El mila­gro yace ahí, en la ausencia absoluta de manipulación, en el reflejo de la reali­dad en una prueba irrefutable. Cualquier elemento retratado en su estado puro suscita más fascinación que algo creado desde la imaginación humana. Una imagen fotográfica estimula más que cualquier pintura; una imagen cinemato­gráfica ataca a la conciencia humana con mayor intensidad que una narración.

La asunción de que el cine es, por naturaleza, copia supone una di­visión clarísima entre los grandes creadores cinematográficos: aquellos que retratan la realidad y aquellos que la falsean. Los unos aprovechan las imá­genes reales del cine para mostrar el mundo en su pureza –en su belleza o en su fealdad–; los otros las manipulan para engañar al espectador, al jugar con las luces y con las sombras, al reinventar el espacio y el tiempo. Estos últimos continúan la tradición del arte anterior a la modernidad y fantasean inocente­mente. Sin embargo, los que realmente crean un arte nuevo, un lenguaje lógico y desarrollado, y un lugar propio para el cine son aquellos que respetan la ca­racterística primordial del séptimo arte y se ocupan de mostrarnos la realidad.

El buen lenguaje cinematográfico se basa en una frialdad casi angustiosa, en un absoluto desprecio por el ser humano como creador: respeta los espacios tal y como eran antes de ser filmados, los tiempos de las acciones, la luz que los hace vi­sibles. Todos los grandes realistas del cine coinciden en ello. Flaherty nos enseña un larguísimo plano de Nanouk esperando a que pique un pez para mostrarnos su pacien­cia; Rossellini se preocupa por dejar intacto el espacio en el que filma; Von Trier re­pudia cualquier tipo de iluminación en sus películas dogma… La lista es interminable.

El realismo cinematográfico es universal y atemporal. Es, sin lugar a dudas, el único “género” –resulta difícil considerarlo sólo un género– que sobrevive desde los inicios del cine hasta hoy en día e, inexplicablemente, no se agota, sino que evo­luciona constantemente hacia la síntesis auténtica del lenguaje audiovisual. Poco a poco se van acogiendo las nuevas formas, técnicas y progresos que alejan al ser hu­mano de la obra y la acercan a la categoría de lo universal: las cámaras se reducen, la iluminación se hace menos necesaria, el tiempo está cada vez menos limitado… Sólo con la aniquilación de lo humano en el lenguaje artístico, con la completa toma de conciencia de la técnica como principal vehículo de la creación, el hombre podrá, al fin, verse reflejado en la obra tal y como es, sin contaminarse a sí mismo.

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